Ser guerrero no es fácil. Hay que hacer sacrificios duros todos los días, y Desmond “Desi” Parker Conley lo sabe. En la noche previa al Campeonato Infantil Internacional de Jiu-Jitsu de la Federación Internacional de Jiu-Jitsu Brasileño (IBJJF, de sus siglas en inglés), que se disputó el pasado 13 de diciembre en la Universidad de California, Desi no tuvo más remedio que irse a dormir temprano y quedarse sin ver la tele.

A diferencia de la reacción típica en los niños de once años, sin embargo, Desi le dio débilmente las buenas noches a su madre y se despidió mientras subía las escaleras. Desi es un guerrero, pero incluso los guerreros obedecen a su madre y se van a la cama pronto cuando les toca competición al día siguiente.

Sí, Desi es un guerrero. Pero no uno cualquiera: Desi nació con autismo.

Las puertas de la academia Art of Jiu-jitsu (AOJ) abrieron en Costa Mesa, en California (EEUU) el verano de 2012. Cuando uno cruza su umbral, debe entrecerrar los ojos para evitar el brillo de la luz del sol que se refleja en sus blancas paredes. Los estudiantes, pulcramente vestidos con gis blancos, entrenan y hacen sparring bajo la mirada de los hermanos campeones Guillerme y Rafael Mendes y su legión de discípulos.

En los primeros años de la AOJ, Desi —que entonces solo tenía ocho años— estaba en primaria y no sabía cómo lidiar con un abusón en la escuela. Sus padres pensaron que sería mejor que supiera defenderse. Afortunadamente, su padre, Jeff Conley, y su padrastro, Johnny Castanha, estaban a su lado.

El gi blanco le quedaba bien al chico. El primer día, ambos adultos ayudaron al niño a atarse torpemente el cinturón justo antes de que el entrenador Rick Slomba llamara a sus nuevos pupilos para que formaran en el tatami. La clase era pequeña y los jóvenes aprendices no estaban acostumbrados a mantener la disciplina: saludaron al entrenador y rápidamente empezaron a jugar caóticamente por la sala.

“Desi no se movía. Estaba tieso. Sus habilidades motoras eran bajas”, asegura Slomba. “Batallaba por hacer lo que los otros chicos hacían con facilidad”

Hay una regla en la AOJ que prohíbe a los padres dar instrucciones a sus hijos desde el banquillo. Los entrenadores, todos practicantes reconocidos de Jiu-jitsu, están ahí para ser los instructores y no permiten inferencias externas. Conley y Castanha, sin embargo, ignoraron esa regla y le dijeron a Desi que se calmara, escuchara, dejara de llorar y pusiera atención.

“Fue difícil al principio”, reconoce Conley. “Sabíamos que no debíamos hablarle a Desi mientras entrenaba, pero Johnny y yo teníamos que hacer que se calmara. No creo que ninguno de los entrenadores tuviera experiencia trabajando con un niño con autismo”.

***

Igual que en las demás competiciones infantiles, se derraman muchas lágrimas en los torneos de Jiu-jitsu: algunas las vierten los niños, otras los padres. Casi se puede palpar la tensión en estos torneos: la reputación de las escuelas pende de un hilo. Las repercusiones económicas también son grandes, y no solo para las academias, sino también para las familias que tienen que hacer sacrificios extra para que sus hijos estén presentes en eventos de alcance global. La gente viaja de todas partes del mundo para que sus hijos compitan.

Los padres y entrenadores gritan frenéticamente mientras tratan de apuntar a los chicos en la mesa de registros. La gente se reúne alrededor de las pantallas, buscando con ansias los nombres de los competidores y el tatami que les han asignado para competir. No ayuda el hecho de que la voz del ‘speaker’ apenas se oiga en el barullo: “Esta es la última llamada para Oscar Demarco. Acércate al tatami dos o serás descalificado”.

Unos minutos después, la misma voz lanza un anuncio definitivo: “¡Oscar Demarco ha sido descalificado!”. La ráfaga de actividad después de esta notificación hace que los asistentes parezcan hormigas después de que un humano torpe pisara la entrada de su hormiguero. Adultos y niños se mueven confusamente, tratando de encontrar el lugar en el que deben estar para evitar sufrir el mismo destino.

Antes de que los competidores puedan entrar al área del tatami, un hombre mide las mangas de sus pantalones para asegurarse de que cumplan las reglas del torneo. Mientras Johnny y Desi esperan en línea, Johnny mira hacia abajo y nota que los pantalones de Desi están muy subidos. Se inclina y dice, “Desi, bájate un poco los pantalones”.

“Pero me gusta llevarlos altos”, responde.

“Sólo hasta que pases la puerta”, dice Johnny. “Puedes volver a subírtelos cuando estés al otro lado”.

Desi hace lo que se le pide y se inclina contra la barrera amarilla para ver algunos de los combates. Las bocinas retumban, causando muecas de los padres y niños cercanos… menos a Desi, que parece estar en su propio mundo mientras estudia a los otros competidores.

***

Justo antes de cumplir los dos años, a Desi le diagnosticaron autismo. Su trastorno le causa una anomalía en el desarrollo que puede provocar dificultades en las interacciones sociales.

“Desi no podía interactuar con otros niños”, asegura Nikki Castanha, madre de Desi. “Cuando lo llevaba al parque siempre se quedaba solo”.

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Durante algún tiempo, lo mejor que podía hacer Nikki era esperar que su hijo se involucrara en un “juego paralelo”, esto es, a compartir una serie de juguetes, o incluso la misma pieza, pero sin interaccionar con los demás. Su madre animaba a Desi a imitar a los demás niños mientras jugaba por su cuenta. Nikki veía cómo los demás se entretenían con cochecitos y los paseaban por la hierba, pero Desi prefería perderse él solo en el movimiento de las ruedas de su propio juguete. Una y otra vez, el niño repetía las mismas acciones.

Al mismo tiempo, Desi también sufría problemas de conciencia de su cuerpo, especialmente en lo referente al equilibrio y al control motriz.

“La meta de su terapeuta era que Desi pudiera caminar en línea recta”, dijo Nikki.

Cuando pasaron los años y Desi hizo avances en su desarrollo social y físico, sus padres le inscribieron en un equipo de fútbol para niños con necesidades especiales. “Desi no podía entender el concepto de ser parte de un equipo”, explica Jeff. “No le gustaba”.

“Nunca pensé que mi hijo sería capaz de interactuar de manera normal con otros chicos”, admite Nikki.

***

Johnny llevaba dos meses practicando el Jiu-jitsu cuando sugirió que Desi lo intentara. “Mi primera reacción fue: ¿Jiu-jitsu?”, reconoce Nikki. “¡De ninguna manera! Mi hijo será como la pelota en el fútbol: ¡lo patearán!”.

Nikki, sin embargo, aceptó finalmente y su hijo comenzó a entrenar. Al principio, a la madre le pareció insoportable ver a los niños más experimentados usando a su hijo como un muñeco para practicar. Los estudiantes más avanzados le dominaban a placer. Al verlo batallar, sin embargo, los padres de Desi se dieron cuenta de que el autismo de su hijo no era una desventaja, sino que sencillamente el niño era nuevo en el deporte y aún tenía que entenderlo.

“Repetidamente le decíamos que si alguien lo estaba lastimando, debía tapear [en Jiu-jitsu, admitir que uno está inmovilizado] lo más pronto que pudiera”, dijo Johnny.

Había lágrimas y gritos. Desi golpeaba el tatami y gritaba: “¡Vamos!”. Se enojaba con sus compañeros de entrenamiento y los sujetaba bruscamente. “Pero no había malicia en sus acciones”, asegura su profesor, Rick Slomba. “Él solo quería entrenar. Era como si se enojara con su cuerpo por no hacer lo que él quería”.

***

El combate de Desi es en el tatami número 9. Camino junto a él y le pregunto: “¿Cómo te sientes?”.

“Bien”, me dice. “Un poco nervioso”.

Dos de los compañeros de Desi en la AOJ se acercan y le saludan. Un chico le da palmadas en la espalda y le desea buena suerte. Desi les pregunta si ya han competido: los chicos responden que aún no.

“La mejor parte para mí es verlo inteactuar con los demás chicos”, explica Jeff. “Siempre ha tenido problemas al interactuar con otros niños. Ahora puede relacionarse a través del Jiu-jitsu: eso lo ha sacado de su burbuja”.

Hoy, Desi peleará sólo una vez. Nos enteramos que casualmente será contra un chico de Brasil, el hogar del Jiu-jitsu moderno. Johnny habla con el padre del rival, que le explica que su familia viajó específicamente para participar en este torneo. Johnny me cuenta lo que le han dicho y le manda buenos deseos al otro chico con un gesto con el pulgar y un guiño: “Genial”, me dice.

Desi y el chico brasileño se saludan y esperan a que el árbitro les mande ir al centro del tatami. Mientras tanto, los chicos hablan el uno con el otro. Desi dice algo que hace que el niño brasileño sonría. “Desi lleva esto mejor que el resto de nosotros”, dice Johnny, cambiando su peso de un pie a otro.

El árbitro les indica a los niños que acerquen al tatami.

***

Hizo falta tiempo para que Slomba lograra que Desi controlase sus reacciones. “Al principio le decía: ‘Desi, céntrate en tu respiración’. Unos meses después, lo único que tenía que decir era: ‘Desi, respira’. Y no pasó mucho tiempo para que tuviera suficiente con escuchar ‘Desi'”.

“Todos lo hemos experimentado. Todos hemos golpeado el tatami debido a la frustración”, asegura Slomba. “Pero tienes que aprender a controlar tus emociones. Es un ambiente extraño; estás enfrentándote a otros competidores, pero tienes que aprender a ser agresivo sin que ello afecte tu temple”.

Al principio, Johnny, Jeff y Nikki le recordaban a su hijo que se debía rendirse inmediatamente si alguien lo estaba lastimando, pero luego sucedió algo increíble: al cabo de un tiempo tuvieron que asegurarse que fuera Desi quien se detuviera si alguien se rendía. Desi había dejado de ser un muñeco de entrenamiento.

“Cuando finalmente estuvo en paz fue cuando hubo un cambio”, dijo Slomba. “Sus técnicas mejoraron y comenzó a vivir”.

Ambos chicos se encuentran en medio del tatami. Saludan al árbitro y luego uno al otro, y se preparan para empezar.

Comienza el combate.

Desi y su contrincante se agarran y buscan su posición. Desi supera la guardia del contrario, pero no puede mantenerle en el suelo. No obtiene puntos por el derribo. Lo que sigue es una ráfaga de movimientos, como una pelea de gatos, y no está claro quién lleva la ventaja. Ambos niños saltan y se ponen de pie, pero el oponente de Desi logra barrerle y le otorgan dos puntos.

En el suelo, Desi logra escapar y atrapa al niño en una guardia cerrada. El brasileño lucha por escapar, plantando sus brazos en el suelo para apoyarse. En un parpadeo, Desi encaja una kimura. Extiende el brazo de su oponente cruzando su espalda. El árbitro, presintiendo la sumisión, se inclina sobre los dos competidores con las manos listas para separarlos y evitar que Desi lastime al chico. Mientras el reloj avanza, los padres de Desi lanzan gritos de ánimo. El padre del niño brasileño hace lo mismo.

Quedan diez segundos.

“¡Tú puedes!”, grita Johnny.

Desi presiona más, pero antes de que logre asegurar la sumisión, se acaba el tiempo. El árbitro termina la pelea.

Desi suelta a su oponente y se pone de pie. Ajusta su gi y aprieta su cinturón gris. El árbitro levanta la mano de su oponente para proclamarle ganador por dos puntos. No hay emoción en el rostro de Desi. Si no fuera por el entorno, cualquiera diría que acaba de terminar una sesión de sparring en la AOJ.

Guilherme Mendes se para tras la barrera amarilla y le hace señas a Desi para que vaya hacia él. Al inclinarse, Mendes pone el brazo sobre su estudiante y le habla en voz baja: el sonido se pierde entre el ruido del pabellón. Lo que sea que le dice hace que Desi dibuje una sonrisa en su rostro. El niño asiente con la cabeza, con una mirada de determinación. Es un gesto corto, que dura apenas unos instantes, pero está ahí.

Desi y su contrincante se agarran y buscan su posición. Desi supera la guardia del contrario, pero no puede mantenerle en el suelo. No obtiene puntos por el derribo. Lo que sigue es una ráfaga de movimientos, como una pelea de gatos, y no está claro quién lleva la ventaja. Ambos niños saltan y se ponen de pie, pero el oponente de Desi logra barrerle y le otorgan dos puntos.

En el suelo, Desi logra escapar y atrapa al niño en una guardia cerrada. El brasileño lucha por escapar, plantando sus brazos en el suelo para apoyarse. En un parpadeo, Desi encaja una kimura. Extiende el brazo de su oponente cruzando su espalda. El árbitro, presintiendo la sumisión, se inclina sobre los dos competidores con las manos listas para separarlos y evitar que Desi lastime al chico. Mientras el reloj avanza, los padres de Desi lanzan gritos de ánimo. El padre del niño brasileño hace lo mismo.

Quedan diez segundos.

“¡Tú puedes!”, grita Johnny.

Desi presiona más, pero antes de que logre asegurar la sumisión, se acaba el tiempo. El árbitro termina la pelea.

Desi suelta a su oponente y se pone de pie. Ajusta su gi y aprieta su cinturón gris. El árbitro levanta la mano de su oponente para proclamarle ganador por dos puntos. No hay emoción en el rostro de Desi. Si no fuera por el entorno, cualquiera diría que acaba de terminar una sesión de sparring en la AOJ.

Guilherme Mendes se para tras la barrera amarilla y le hace señas a Desi para que vaya hacia él. Al inclinarse, Mendes pone el brazo sobre su estudiante y le habla en voz baja: el sonido se pierde entre el ruido del pabellón. Lo que sea que le dice hace que Desi dibuje una sonrisa en su rostro. El niño asiente con la cabeza, con una mirada de determinación. Es un gesto corto, que dura apenas unos instantes, pero está ahí.

Su madre se inclina por la barrera y abraza a su hijo. “Estoy muy orgullosa de ti”, le dice.

El chico brasileño se acerca y le dice a Johnny que Desi es fuerte y que la pelea fue muy cerrada. En el podio, el chico se inclina desde el primer lugar y levanta la mano de Desi. Ambos son ganadores.

“Cuando Desi está en el tatami, no es un niño con autismo”, dice Nikki. “Es un niño y nada más”.

Tres días después del torneo, me encuentro con Rick Slomba después de una sesión en la AOJ. “Se nota cómo Desi trata de resolver los problemas que le plantea el Jiu-jitsu. Puedes verlo trabajando en ello en su cabeza. No tengo duda de que los resolverá todos y se convertirá en un cinturón negro campeón mundial. Sin duda. Desea tanto tener éxito que lo logrará”.

Slomba explica que todos los que entrenan Jiu-jitsu pasan por periodos difíciles en los que sienten que no están mejorando: los maestros los llaman fases de estancamiento. “Desi es el único que conozco que no se ha quejado del estancamiento. No se va a rendir”.

Desi actualmente está entrenando para la siguiente competición con un objetivo muy claro: ganar el oro. No es seguro que logre su meta; lo único seguro es que no dejará de trabajar para conseguirlo… bueno, eso, y que el día antes antes del torneo su madre se asegurará de que descanse bien por la noche.

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